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jueves, 5 de julio de 2018

El mal alumno Suárez

Carta publicada en el Semanario Búsqueda, en la sección Ecos de El País (Uruguay) y en el portal de En Perspectiva

En la conferencia de prensa post partido de Uruguay con Portugal, el periodista Federico Paz le pregunto al maestro Oscar Tabarez: “¿por qué Uruguay marca ese diferencial con el resto de trancar con la cabeza? ¿Es el perfil de jugador que Ud. elige? ¿Es el gen ganador o cómo concibe el futbol el jugador uruguayo? ¿Es lo que Ud. transmite? ¿Es lo que se contagia en un plantel que viene trabajando hace tiempo? ¿Ud. qué explicación le encuentra a eso que emociona a todos?”.

La pregunta del periodista tenía un presupuesto muy claro: el axioma de que la entrega o la garra es patrimonio exclusivo de los uruguayos.  

El maestro Tabarez, en otra lectio magistralis de las que nos tiene acostumbrados, le responde: “Yo me permito decir que tenemos que tener cuidado con considerarnos únicos en algunas cosas. Me parece que es una posición poco humilde. Todos los equipos tienen jugadores que se brindan …”. Luego de desarrollar un poco más la idea, concluyó con la frase que resaltó más en el fin de semana: “cuando se tiene la suerte de ganar, hay que ganar sin estridencias; y cuando nos toque perder, perder con dignidad, con humildad”. El mensaje del maestro Tabarez resultó diáfano. Huelga la necesidad de comentarlo o explicarlo.

Sin embargo, el pasado martes 3 de julio, apenas pasadas algo más de 48 horas después de la conferencia de prensa, se le realizan varias preguntas a Luis Suárez y resalto la que hacía referencia al delantero del seleccionado francés, Antoine Griezmann, y su sentimiento de simpatía y cercacnía con el Uruguay, producto de sus amistades con Carlos Bueno, Diego Ifrán, Gonzalo Castro, Cristian Rodriguez, Diego Godín y José María Gímenez (sumado a su cercanía con Martín Lasarte y Pablo Balbi cuando lo dirigieron y con su actual preparador físico en el Atlético de Madrid, Oscar Ortega).

Suárez respondió: “por más que diga que es medio uruguayo, es francés y no sabe en realidad lo que es el sentimiento de un uruguayo. Él no sabe la entrega y el esfuerzo que hacemos los uruguayos desde chicos para poder triunfar en el futbol, con tan pocas personas que somos. Y eso lo sentimos nosotros. Tendrá sus costumbres, su forma de hablar y todo eso de uruguayo, pero el sentimiento nosotros lo sentimos de otra manera”.

Suárez se ubica, con estas declaraciones, en las antípodas del pensamiento del maestro Tabarez y lo ubica en una posición penosa a juicio de quien suscribe. Cuando deberíamos estar orgullosos como uruguayos de que un extranjero abrace nuestros valores y costumbres como propios solo por el simple hecho de haber tenido algunas amistades uruguayas (lo cual habla muy bien de esos amigos y de los uruguayos en general), Luis Suárez le sale al cruce con expresiones despectivas (“por más que diga que es medio uruguayo, es francés” como si fuese malo serlo) que denotan un rasgo de su personalidad que evidencia una actitud típica del resentido que se victimiza por las dificultades de su pasado y que por más que haya llegado lejos y triunfado en la vida profesional y familiar, acumulando enormes sumas de dinero y fama, siempre tiene algo que envidiar o reprochar en el otro.

Pero por otro lado, parece que Suárez no se enteró que Francia tuvo que levantarse del polvo al ser devastada por dos guerras mundiales que la dejaron como un muladar. Si bien Griezmann no es hijo directo e esa generación, ningún uruguayo lleva en sus genes la información que se transmite de generación a generación conteniendo la noción intrínseca de la supervivencia y la superación, que en el caso de los galos, proviene de una época difícil para ellos pero muy dulce para nosotros, ya que mientras Europa se consumía en el horror bélico, Uruguay florecía como una nación próspera e igualitaria, dónde se ganaban torneos Sudamericanos y Copas Mundiales más seguido que ahora. Hasta estoy empezando a creer que por eso ganábamos tanto: porque nuestros rivales estaban diezmados.

Afortunadamente, estoy convencido de que a la mayoría de los uruguayos nos representan ampliamente más las palabras que día a día con tanta generosidad nos regala el maestro Tabarez, que las puerilidades de Suárez.

domingo, 15 de mayo de 2016

Efectos Adversos

El retroceso de la social democracia francesa y el avance de la extrema derecha como consecuencia del mayo francés.
31/03/2014
La banalización de la política, proceso que trasciende a quien escribe en virtud de los años que lleva de iniciado, no ha estado ajena al proceso de frivolización general en el que la sociedad está aletargadamente inmersa. En este mundo en donde las formas importan más que el contenido, la política es sinónimo de buena publicidad, esloganes, lugares comunes y modas. Del debate de ideas, de la discusión de programas, poco queda ya, y acaso no es esto más que la consecuencia de una sociedad cada vez menos formada, ya que bajos niveles de formación generan personas con bajo niveles de interés por la información.
Así, el Uruguay tiene hoy un presidente que fue más bien elegido por las habilidades publicistas del Dr.Costa Bonino, por ser un hombre campechano, “común y corriente” como el vulgo: un tipo de barrio. Un estereotipo tristemente admirado con esnobismo. Apenas a una minoría, incapaz de influir en el juego de la democracia, le preocupó el hecho de diferenciar si está bien que un país sea gestionado por un individuo cuyas únicas credenciales son las de ser “un tipo común”.
La simpatía del Sr. Mujica en la sociedad uruguaya tiene como base, y tal vez único sustento, el hecho de ser un personaje que se identifica fácilmente con la gente común, que habla con sus modismos  y usa un auto viejo. Una persona que solo tiene como méritos el ser una persona común y corriente, no es el perfil que una empresa de punta tiene en cuenta para contratar un directivo o gerente, pero curiosa y contradictoriamente, a las sociedades se les ha dado por pensar que lo que no funcionaría en una empresa, sí funcionaría gobernando un país.
Así hemos llegado al día de hoy, en donde en el epílogo de este gobierno, si un título hay que ponerle para resumirlo, sería el del gobierno de las excusas. Es que los hombres de éxito generan resultados, no buscan subterfugios, pero si algo ha marcado la impronta del discurso del presidente, basta con remitirse solamente a una publicación de prensa que resultó ser por demás elocuente: la edición 400 y subsiguientes del semanario Voces.
En la citada publicación, el presidente habló largo y sin filtros con el director del semanario, y no hizo otra cosa que llenar de justificaciones las páginas impresas. Y las justificaciones parecen girar en torno a un agente común: el sindicalismo. Aparentemente, la imposibilidad de concretar reformas en Afe era culpa de los funcionarios de Afe que “no lo dejaron”, que “no quisieron”, etc. Siguiendo, el tema de la educación también lo tuvo de víctima, ya que no pudo no se sabe bien qué con la UTU y entonces no se sabe bien tampoco que otra cosa hizo para salir el embrollo. Los docentes, le han hecho paros y dejado a alumnos sin clases, mientras todas las evaluaciones en materia de política educativa hacían reprobar la gestión. Y para adornar la torta, diremos que Alfredo Silva, Pablo Cabrera and company son los culpables de todos los males de la salud
El gremio de los funcionarios públicos parece que no le permite llevar a cabo la reforma del Estado, que para el gobierno pasa por quitar beneficios, sacar feriados, aumentar la jornada laboral y flexibilizar los procesos sumariales. Nulas intenciones de capacitar a los funcionarios o de elegirlos con tamiz más fino, de elegir a los mejores, para fortalecer la gestión pública.
En suma, todo da la impresión de que el presidente de la república es un pobre tipo víctima de la mala voluntad de todos. Pobre. A mí me da lástima. No por él. Sino por el lustro perdido.
Pero sería indebido cargar sobre los hombros del actual mandatario la responsabilidad del estado general de la política, no solo en Uruguay, no solo en el Mercosur, sino podríamos decir en el mundo entero, mundo en el que vale más el atuendo, que lo que propone hacer el postulante a gobernar. ¿O acaso no es muestra suficiente de este deterioro la entrada al Palacio del Eliseo de la modelo y cantante Carla Bruni? Ni siquiera un país que podía presumir de tener una tradición política intelectual y de discusión de ideas, ha podido evitar la frivolidad que impera en el globo.
Posiblemente queriendo ir en contra de esa frivolidad, el Sr. Mujica buscó trasgredir los estereotipos del gobernante tipo y decidió no usar corbatas, usar zapatos zaparrastrosos o no cortarse las uñas de los pies antes de mostrarlas. Ese pretendido intento de desafiar las formas, hubiera sido loable si hubiera estado lleno de contenido, si en lugar del gobernantes típico hubiéramos tenido un tipo desprolijo, tal vez, pero al menos capaz.
Marchionne no usa corbata, pero es Marchionne.
Y así, casi sin quererlo pero con todas las intenciones, llegamos a la situación actual del mapa político francés.
Publica Diario El País deEspaña lo siguiente:
El partido Socialista francés (PS) ha ganado la segunda vuelta de las elecciones cantonales, celebradas este domingo, con un 36,3% de los votos, según datos oficiales, aún provisionales. La Unión por un Movimiento Popular (UMP), la formación de centro derecha de Nicolas Sarkozy, con 19,7% se queda en un segundo lugar. El ultraderechista Frente Nacional, con un 11,3% alcanza la tercera posición y se instala definitivamente en la vida política francesa a 13 meses de las cruciales elecciones generales. Además, este porcentaje es algo engañoso: al tratarse de una segunda vuelta, esta formación ultraderechista sólo se presentaba en uno de cada cuatro cantones en liza. Es decir, su proyección de voto, a nivel estatal, es, muy probablemente, más amplia. Un dato importante es una abstención récord del 54%, que se explica (…) según los analistas, al desengaño y al hartazgo de los franceses respecto de su clase política.
(el destacado es mio).
No es Francia una isla aislada de los procesos que se llevan a cabo en el resto del mundo, sino que por estos momentos, al estar viviendo las instancias donde se le toma la temperatura al espectro político del país, es el ejemplo más fresco.
La social democracia europea se cae ante el avance, lento pero firme, de la ultraderecha. Así lo demuestran las tímidas afirmaciones de representantes de la izquierda francesa al decir que “el retroceso es menor de lo esperado" (François Fillon) o que “no está mal” haber mantenido la mayoría en “dos de cada tres departamentos” (Martine Aubry).
En la otra vereda, en contraste con los gestos adustos, se encuentran sonrisas, ya que un sondeo hecho público el mismo día de estos comicios por la cadena France 2 ratificaba las expectativas presidenciales de Le Pen. Según esta encuesta, la presidenta del Frente Nacional superaría ahora a Sarkozy en la primera vuelta de las próximas elecciones presidenciales y se jugaría con el candidato socialista la presidencia de la República en la segunda ronda (El País).
¿Qué vinculación tiene todo esto con el Mayo del 68? No la quiere ver solamente el que no quiere.
En su más reciente obra “La civilización del espectáculo” (ineludible tratado analítico para quien sea, no digo culto, pero al menos informado), el premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa relata:
Hace ya de esto algunos años vi en París, en la televisión francesa, un documental que (…) describía la problemática de un liceo en las afueras de París, uno de esos barrios donde familias francesas empobrecidas se codean con inmigrantes de origen subsahariano, latinoamericano y árabes del Magreb. Este colegio secundario público (…) había sido escenario de violencias: golpizas a profesores, violaciones en los baños o corredores, enfrentamientos entre pandillas a navajazos y palazos, y si mal no recuerdo, hasta tiroteos.
(…) el director señalaba que gracias al detector de metales recién instalado, por el cual debían pasar ahora los estudiantes al ingresar al colegio, se decomisaban las manoplas, cuchillos y otras armas punzocortantes. De este modo, los hechos de sangre se habían reducido de manera drástica (…).
(…) una profesora (…) explicaba que, a fin de evitar los asaltos y palizas de antaño, ella y un grupo de profesores se habían puesto de acuerdo para encontrarse a una hora justa en la boca del metro más cercano y caminar juntos hasta el colegio (…). Aquella profesora y sus colegas, que iban diariamente a su trabajo como quien va al infierno, se habían resignado, aprendido a sobrevivir y no parecían imaginar siquiera que ejercer la docencia pudiera ser algo distinto a su vía crucis cotidiano.
A juzgar por lo que relata el autor, estamos asistiendo a un preocupante deterioro y desprestigio de la idea misma del docente y la docencia, y en general, de la idea de autoridad y orden. Y eso, innegable fruto de la lucha propiciada por algunos intelectuales por “liberarse” de un presunto “yugo” impuesto por los “propietarios de los medios de producción”, lejos de traer liberación, han venido convirtiendo a, por ejemplo, estos colegios franceses (así liberados) en instituciones caóticas y pequeñas satrapías de matones y delincuentes (cualquier similitud con la realidad cotidiana uruguaya no es mera coincidencia).
Prosiguiendo con el relato, Vargas Llosa cita a Foucault y uno de sus brillantes ensayos donde el filósofo francés sostenía que tanto la sexualidad, la psiquiatría, la religión, la justicia, el lenguaje y la enseñanza habían sido siempre una de esas estructuras de poder erigidas para reprimir y domesticar al cuerpo social, instalando sutiles pero muy eficaces formas de sometimiento y enajenación a fin de garantizar la perpetuación de los privilegios  y el control del poder de los grupos sociales dominantes.
Es que las ideas fermentadas por quienes desde Marx hasta Foucault se han sentido “sometidos” por las “clases dominantes”, profundizaron a partir del Mayo del 68 el debilitamiento generalizado de todos los órdenes de la sociedad, pero principalmente a la idea de orden y autoridad. Aquel divertido carnaval que proclamó como uno de sus lemas “prohibido prohibir” dio legitimidad a la idea de que toda autoridad es sospechosa, perniciosa y deleznable, y que el ideal libertario más noble es desconocerla, negarla y destruirla (Vargas Llosa).
Parece saleroso observar que el poder, ese preciso enemigo que querían combatir, no se vio afectado en lo más mínimo con este desplante simbólico de jóvenes rebeldes, ya que en las primeras elecciones luego de aquel mayo, la derecha gaullista obtuvo una rotunda victoria.
Pero la autoridad, como el prestigio y crédito que se reconoce a una persona o institución por su legitimidad (RAE), no volvió a levantar cabeza. Y sigue diciendo el escritor peruano: “desde entonces, tanto en Europa como en buena parte del resto del mundo, son prácticamente inexistentes las figuras políticas y culturales que ejercen aquel magisterio moral e intelectual al mismo tiempo, de la autoridad clásica y que encarnaban a nivel popular los maestros, palabra que entonces sonaba tan bien porque se asociaba al saber y al idealismo… El maestro, despojado de credibilidad y autoridad, convertido en muchos casos, desde la perspectiva progresista, en representante del poder represivo, es decir en el enemigo al que, para alcanzar la libertad y la dignidad humana, había que resistir e, incluso, abatir, no sólo perdió la confianza y el respeto sin los cuales era imposible que cumpliera eficazmente su función de educador – de transmisor tanto valores como de conocimientos – ante sus alumnos, sino también el de los propios padres de familia y de filósofos revolucionarios que, a la manera del autor de Vigilar y castigar, personificaron en él uno de esos siniestros instrumento de los que – al igual que los guardianes de las cárceles y los psiquiatras de los manicomios -  se vale el establishment para embridar el espíritu crítico y la sana rebeldía de los niños y adolescentes”.
Y, a los efectos de este artículo, finaliza diciendo: “La civilización posmoderna ha desarmado moral y políticamente a la cultura de nuestro tiempo y ello explica en buena parte que algunos de los “monstruos” que creíamos extinguidos para siempre luego de la Segunda Guerra Mundial, como el nacionalismo más extremista y el racismo, hayan resucitado y merodeen una vez más sus valores y principios democráticos”.
Y así es como en Francia, hoy, una opción de carga racista y xenófoba amenaza con ciertas probabilidades de ganar. Según El País, las razones de la consolidación de Marine Le Pen son variadas y apuntan a que utiliza las ideas de república y laicismo para atacar a los inmigrantes y ha hecho suya la idea del proteccionismo frente a una Unión Europea que ya no protege a sus ciudadanos (Stéphane Rozès, profesor deSciences-Po).
Pero como los políticos no son otra cosa que el reflejo del estado de la sociedad, el éxito del Frente Nacional es el reflejo de que en buena parte de la población gala fermentan ideas extremadamente nacionalistas y antiinmigracionistas.
Esto ha hecho que, como afirma el escritor y analista Andrés Ortega, hoy la dicotomía en Europa radica entre tecnocracia o populismo, lo que hace que tienda a palidecer la diferencia entre izquierda y derecha, aunque la hay. Dice Ortega que frente a la tecnocracia, la alternativa que surge es el populismo que, desde la extrema derecha (en ocasiones desde la extrema izquierda), tienen un marcado carácter antieuropeo; al menos contra esta Europa que se está diseñando, aunque son esencialmente xenófobos.
Para ir de lo lejano a lo cercano, bastaría con observar los procesos políticos en nuestro país. Para eso, la invitación es a analizar como trepa al poder la izquierda en Uruguay. Es que, carentes de originalidad, la izquierda uruguaya ubicó a sus enemigos en los mismos lugares que todas las demás izquierdas del mundo, y como estrategia para alcanzar el poder, sirvió cualquier elemento que hablara mal de los gobiernos de turno, los criticara, y los desgastara.
En ese camino, los dirigentes de izquierda se rodearon de todas las fuerzas vivas sociales que tuvieran alguna crítica que hacerle a los gobiernos (representados por personas con nombres y apellidos) o a la oligarquía (ya más difusa en su identificación, tan difusa, que al día de hoy, según parece, no han podido con ella). Así, la izquierda, la anarquía, el clasismo, el sindicalismo y otros, formaron un conglomerado que tuvo como único objetivo alcanzar el poder y sacar a los que estaban.
Pero de todos esos nombrados, solo alcanzarían el poder los que integraban las listas y los que fueron designados por los triunfantes electorales. Los demás quedarían fuera. Por lo menos, formalmente.
Lo más radical de la izquierda se escindió enseguida al ver que los postulados radicales con los que se alzaron con amplias simpatías populares no serían puestos en práctica, ni de suyo, ni paulatinamente.
Y al sindicalismo le debían buena parte de su victoria electoral. Consciente de esto, el mismo se sentía en condiciones de presionar, porque entre otras cosas, bien sabe el Frente Amplio que así como el sindicalismo hizo caer propuestas concretas de gobiernos anteriores y contribuyó a su deterioro, también lo puede hacer con el gobierno actual. Y como aditivo a esa realidad, el sindicalismo hoy día lleva en sus filas muchos militantes de los escindidos, de los más radicales, y anarcos, que encuentran en el movimiento un lugar para sus expresiones políticas.
He ahí la criatura que alimentaron durante años, ahora ávida de ocupar un lugar que cree merecido por su esfuerzo militante. Y he ahí un gobierno incapaz de cualquier reforma e incluso incapaz de llevar una buena gestión por culpa, según ellos, del sindicalismo, de los funcionarios de AFE, de los docentes y sus paros, y un largo etcétera.
Así, introdujeron en la gestión de órganos políticos a personas que eran digitadas por los sindicatos, como en el caso de ASSE y la educación. Luego, quisieron sacárselos de encima y, como era obvio, no pudieron.
Lo lamentable de la especie es que la incapacidad total de gestión de los políticos que gobiernan es tal que todas las culpas recaen en determinadas personas que, al parecer, toda la sociedad también conviene en señalar.
¿No será, entonces, que no existían tales enemigos a destruir, como el establishment, o la oligarquía? ¿No será que erraron el camino? ¿No será hora de reconocer, a la luz de los resultados, de que es hora de que los políticos sean personas cultas, formadas, con soluciones reales a los problemas, y no incultos enamorados de corrientes filosóficas más o menos simpáticas? ¿No será hora de debatir seriamente si lo que precisamos en el poder es un tipo común y corriente, un demagogo, un populista, o alguien que sepa lo que debe hacer? ¿No será hora de que los uruguayos demandemos credenciales más exigentes a quienes se postulan a gobernarnos? Ya tuvimos a un tipo común y corriente, a un tipo de barrio. Creo que fue suficiente.
O acaso, ¿qué vamos a esperar? ¿El ascenso de una extrema derecha (o izquierda) xenófoba, fascista y antisemita? La historia nos ha dado suficientes ejemplos de lobos que se vistieron de ovejas para traer las soluciones a los problemas de un país, quienes aprovechándose del caos y el desorden causado por la frivolidad, han ascendido al poder para luego mostrar su veta demoníaca.
Nuestro país es hoy caldo de cultivo. Hay desorden, la autoridad se desconoce, quienes otrora gozaban de prestigio legítimo, hoy son don nadies. No parece haber quien pueda pararse firme ante el desenfreno y el daño. Nadie parece ser lo suficientemente valiente para detener el proceso involutivo que nos está llevando nuevamente al feudalismo. ¿Hasta cuándo vamos a desechar la virtud de las ideas, del debate constructivo, del análisis concienzudo a cambio de etiquetas?


esd

Desagravio a los futbolistas brasileños

Montevideo, junio de 2014
La Federación Alemana de Fútbol lleva adelante un proceso iniciado en 1998 que incluye un programa de formación nacional de jugadores, que nunca se dejó de lado incluso ante la catástrofe de la Eurocopa 2000, cuando el equipo quedó eliminado en primera ronda luego de dos derrotas y un empate. A partir de allí los resultados han sido más que aceptables. 2º puesto en mundial 2002, dos terceros puestos consecutivos en Alemania 2006 y Sudáfrica 2010, y la coronación mundial del 2014.
Pero en la otra esquina, la Confederación Brasileña de Futbol debió, en el momento en que presentó su candidatura, iniciar un proceso al estilo de la selección alemana. No fue así y protagonizaron un pobre mundial en Sudáfrica, una magra participación en la Copa América 2011, para recién ahí empezar a pensar en preparar a la selección de cara al 2014, de la mano de Mano Meneses como DT. Tras las olimpiadas 2012 (donde obtienen medalla de plata), se convoca a Luis Felipe Scolari (campeón del mundo con Brasil en 2002), desconociendo el consejo del refrán que recomienda no cambiar de caballo en la mitad del río, mucho menos a dos años de la copa.
Mucho menos cuando la selección brasileña, por el hecho de tener asegurada una plaza en calidad de anfitrión, se le exonera de ganársela en eliminatorias. Brasil no tuvo, en los últimos dos años previso al mundial, ninguna competencia de exigencia. Y esto es fundamental, porque bajo presión se conoce de qué está hecho el equipo, se puede corregir errores y potenciar capacidades. Así, llegaron a la copa del mundo, con un seleccionado que iba a rendir su primer examen de exigencia en por lo menos cuatro años. Y no dieron la talla.
No llegar a la final era previsible; no así la humillación. La goleada con Alemania fue un golpe durísimo, inmerecido para los jugadores que patrióticamente aceptaron ponerse la camiseta aun en el contexto descripto. Fácil les hubiera sido anticipar lo previsible y excusarse de participar en el mundial (“a mí me llamó Del Bosque antes que Scolari”, dijo uno y zafó olímpico). Sin embargo, en una muestra de valentía y coraje que hay que destacar, aceptaron el reto, no pusieron su orgullo, su nombre, reputación ni imagen por delante de lo que seguramente consideraron un deber sagrado para con su patria, a sabiendas de la posibilidad de lo que efectivamente ocurrió, de escribir su nombre en la historia negra del futbol brasileño. No aceptaron ese lugar por vanagloria, sino ante todo con humildad, como considerándose privilegiados de poder defender a su nación en esta cita.
El público brasileño tiene la mala costumbre de ser lapidario con sus jugadores. Estos hombres se la jugaron, no se guardaron nada, se entregaron por enteros a su país. Lamentablemente el destino les tenía preparada una mala pasada: descolgarían definitivamente la mochila de 1950, pero para colgarse una mucho más pesada.
Me pregunto qué necesidad tenían Scolari y Parreira de ser sometidos a semejante vergüenza cuando ambos tenían en su haber un campeonato del mundo cada uno. No tenían necesidad ninguna de poner en juego la buena reputación que se habían ganado en su país. Sin embargo, no estimaron nada de eso como valioso, y lo sacrificaron por su selección.
Si yo fuera brasileño, a sabiendas de las condiciones en las que aceptaron jugar, estaría orgulloso de ellos, y los silbidos los dirigiría a los negligentes que conducen la CBF, que parecen haberse quedado atrasados en el abc de la gestión moderna de un seleccionado de futbol y que son los verdaderos responsables de esta tragedia deportiva. Lo más sensato hubiera sido darle continuidad al proceso Scolari y apostar firmemente a Rusia 2018, donde seguramente tendrán chances categóricas. Con un desenlace de este tipo a cuestas, no habría otra opción: el equipo se solidificará y crecerá. Basta recordar la publicidad que la propia televisión brasileña emitía cuando la crisis de 1998: “con crisis se crece”.
Además, en el contexto, haber superado la actuación del mundial anterior y haber llegado entre los primeros cuatro no debería ser considerado ni un vejamen ni una vergüenza (más allá del resultado con Alemania). En lo que me es personal, creo que la campaña de Brasil ha sido más que satisfactoria a juzgar por la preparación. Al lado de Brasil, ¿dónde quedaron selecciones con mejor preparación como España (defensora del título), Francia, Italia, Inglaterra y la propia Uruguay?
En el contexto de lo dicho anteriormente, me produce un profundo pesar que se haya festejado la derrota y humillación brasileña como si de una victoria celeste se tratara, desconociendo el hondo drama humano detrás de las lágrimas de David Luiz y del testimonio al borde del llanto de Julio Cesar, haciendo morcilla de la sangre fresca que brota de una herida apenas infligida. Qué lástima que pululen individuos que, cuales buitres, desconocen el contenido humano de los acontecimientos, los vacían de contenido y los rebajan a la categoría de mero entretenimiento.


esd