Hay dos razones por las cuales Israel había dejado de diezmar en épocas de Nehemías y Malaquías. La primera de ellas, era por el propio desprecio que la gente tenía por Dios y por el culto a Dios. Esto ya lo vimos.
Ese desprecio al culto a Dios, que obligó a los levitas a retirarse del templo para ir a trabajar a los campos para tener qué comer, vino seguido de una temporada de sequía y plagas de insectos que afectaron las cosechas. Y ahí está la segunda razón por la que no solo dejaron de diezmar, sino que no se les pasaba por la cabeza volver a hacerlo: porque estaban atravesando momentos de dificultad financiera. Y lo primero que hace un pueblo infiel e incrédulo cuando pasa momentos de dificultad financiera es dejar de lado el culto a Dios.
Esto es evidente por las promesas que Dios hace: bendición sobreabundante, lluvias en medio de las sequías, acabar con las plagas de insectos que atacaban las cosechas (devorador), y un futuro floreciente. Y les promete todo eso porque los judíos no le creían a Dios. Por eso dejaron de diezmar, porque no le creían. No le creían que los fuera a bendecir, por eso miraron por su propia situación y dejaron de diezmar.
Y ahí aparece el clamor desesperado de Dios: vuelvan a diezmar y van a ver como los bendigo. Pero no era solo volver a diezmar. La profecía de Malaquías no se centra en el diezmo. Sino que lo que Dios ruega es que lo vuelvan a amar y a demostrarle ese amor, y como parte del amor a Dios, había que reestablecer el culto a Dios, no como una obligación, sino como un gesto de amor y agradecimiento.
Dios está desesperado porque tiene acumuladas en su mano un montón de bendiciones, y no se las está pudiendo derramar a su pueblo porque la llave para que eso ocurra la tiene el pueblo, y no la está usando. Si tan solamente el pueblo retomara su amor y devoción por Dios, y le volvieran a rendir culto (culto que abarca, entre otras cosas, diezmar), Dios lo bendeciría tanto que se acabarían la sequía y las plagas y florecerían como una nación hermosa a los ojos de todo el mundo.
Ese es el clamor desesperado de Dios: Los quiero bendecir y no me dejan. Dependo de ustedes para bendecirlos y ustedes están haciendo todo mal. Por favor, les ruego, háganlo bien, así les envío todo esto que tengo para ustedes.
Porque desde que el mundo es mundo nadie vio ni oyó jamás de un Dios como el nuestro, que se manifiesta en favor de los que en él confían.
Isaías 64:4
El diezmo es un principio espiritual porque no solamente se aplica a la economía, sino a toda nuestra vida: marca un patrón de vida, un estilo. Darle a Dios lo mejor que tenemos. Los judíos le traían a Dios los desperdicios, y muchas veces nosotros hacemos lo mismo. Por ejemplo, ¿dedicamos tiempo de calidad cada día para Dios? El tiempo de la oración, ¿es un tiempo de calidad o son unos minutos así nomás, al pasar, como para cumplir? ¿Voy a la iglesia para cumplir, llegando tarde y yéndome temprano, o mi tiempo de comunión es un tiempo de calidad?
La primicia del diezmo tiene poder redentor sobre el 90% que queda de nuestros ingresos, y Dios lo bendecirá y multiplicará. Cuando le damos a Dios lo primero de nuestro tiempo y dinero, él multiplica todo lo demás.
Demuéstrale a Dios que para ti él es lo más importante. Dale de lo que tienes y de todo lo que ganes; así nunca te faltará ni comida ni bebida.
Estimados: He estado reflexionando sobre el siguiente pasaje. Le dijo Simón Pedro: Señor, ¿a dónde vas? Jesús le respondió: A donde yo voy, no me puedes seguir ahora; mas me seguirás después. Le dijo Pedro: Señor, ¿por qué no te puedo seguir ahora? Mi vida pondré por ti. Jesús le respondió: ¿Tu vida pondrás por mí? De cierto, de cierto te digo: No cantará el gallo, sin que me hayas negado tres veces.
Juan 13:36-38
Solía ser una persona (capaz que lo sigo siendo) parecida a Pedro. Siempre estuve convencido de que habían ciertas cosas que jamás haría. Del tipo de personas que abundan en expresiones del tipo “yo sería incapaz de ponerle una mano encima a mis hijos”, “jamás engañaría a mi esposa”, al igual que Pedro, cuando le aseguró a Jesús que daría la vida por él, que sería incapaz de negarlo. Este tipo de personas son las que se creen perfectas. Pedro se creía perfecto; él estaba convencido de que sería incapaz de negar al Maestro. Se creía todopoderoso. A mi también me pasó (¡joven e ingenuo, yo!) de creerme que estaba de alguna manera vacunado en contra de cometer ciertos errores o pecados. Muchas veces se oyen testimonios de personas que fueron rescatadas por Dios de los escenarios más bajos en los que el ser humano puede transcurrir y piensa que está tan lejos de eso; creemos que tenemos una suerte de inmunidad frente a algunos pecados. Es por eso que el apóstol Pablo advierte: “Por tanto, el que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga.” (1º Co. 10:12 LBLA). Pablo advierte esto porque cuando uno cree que nunca le pasarán ciertas cosas, inmediatamente baja la guardia, y queda expuesto a que le pasen esas cosas y más. Muchas de las cosas acerca de las cuales me creía infalible me terminaron pasando. La persona que se cree perfecta tiene ciertas características. Le cuesta amar y ser amada. Cuando comete un error, inmediatamente se autoflagela, se condena a si mismo por haber hecho lo que se suponía que jamás haría. Le cuesta perdonarse. Cree que debe pagar con un castigo doloroso el error cometido. Se llena de culpa. La culpa le duele, y cómo le duele, entonces rehúsa deshacerse de la misma, ya que ella le está haciendo sufrir y cree que sufriendo expiará el error. Es un concepto muy imbuido en nuestra cultura: el sufrimiento purifica. Le pasó a Pedro. Frustrado luego de estar toda la noche intentado pescar sin éxito, Jesús (¿qué sabe de peces un carpintero?) le dice a Pedro (el experto empresario de la pesca): “salí a pescar ahora”. Pedro, cómo era de suponerse, en un principio se lo toma con escepticismo, y dice “pero Maestro, mirá que se pesca de noche”, pero inmediatamente reacciona ante quién es el que le está recomendando salir a pescar, y dice: “pero si tu me lo dices, entonces voy”. Pedro accede a salir a pescar sólo porque Jesús se lo pidió, con muy pocas esperanzas, más bien esperando pescar poco o nada (como naturalmente debió pasar) cosa de volver y decirle a Jesús: “¿viste? No se pesca de día, ya estuve toda la noche pescando. Mirá que yo sé de esto, si es a lo que me he dedicado toda la vida”. Pero para su sorpresa, pescó en una sola tarde lo que le tomaría días o meses. Al volver, Jesús se le acerca, y Pedro rechaza ese acercamiento diciendo: “apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador” (Lucas 5). El que se cree perfecto, al darse cuenta que cometió un error, además de odiarse a sí mismo por haberse equivocado, su siguiente reacción es sentirse indigno. Indigno de recibir un gesto de amor. Indigno de buscar a Dios y presentarse en su presencia. El que se cree perfecto, entonces, se la agarra con si mismo, y como consecuencia de eso, concluye que es indigno pero a su vez, inservible. Esto también le pasó a Pedro, luego de negar a Jesús. Todos sabemos que el acto de negar a Jesús generó en Pedro una angustia y vergüenza tan grande, que hace que este personaje desaparezca del relato bíblico de la pasión y crucifixión de Cristo. Desde el momento de la negación, hasta el “consumado es”, Pedro desaparece de todos los relatos. Se siente tan mal con su acción que se encierra en sí mismo y se aleja. Se siente indigno de permanecer al lado de nadie. Declina la posibilidad de recibir un gesto de amor, consuelo, compasión, o sostén. Desearía morirse por el error tan grande que cometió. Cree merecerse lo peor. Recién luego de la resurrección de Jesús, Pedro reaparece en los relatos. Uno supondría que estando Jesús resucitado, es decir, la victoria materializada, deberían sobrar motivos de alegría y felicidad. El dolor de su crucifixión debía pasar. Ya fue. Ahora resucitó, venció, dejemos atrás lo ocurrido. Al final todo ocurrió como el propio Maestro lo anticipó, así que ahora sigamos adelante. Pero el caso de Pedro es otro. Le era imposible estar feliz o contento. Seguía cargando con la culpa de la traición cometida, porque en el fondo Pedro sabía que su traición había sido peor que la de Judas, ya que éste nunca le prometió nada a Jesús, sin embargo él sí, le había prometido dar la vida por él y se acobardó. Le falló a Jesús y a él mismo, a su palabra empeñada. Estando los discípulos reunidos, ya habiendo visto a Jesús resucitado (incluso habiendo ocurrido el episodio dónde Tomás le pide meter sus dedos en los agujeros de sus manos), Pedro fue incapaz de contener su dolor y su sentimiento de indignidad. Tampoco se sentía útil. Estando reunido junto con otros seis discípulos dice: “voy a pescar”. La última vez que Pedro había salido a pescar con su barca fue en la pesca milagrosa que comenté algunos párrafos antes. Luego de esa ocasión, Jesús le dijo a Pedro que acabó su tiempo de pescador, sino que sería “pescador de hombres” y a partir de ese momento Pedro dejó todo para seguir a Jesús. Esta actitud de volver a pescar, es un acto de volver a su vida anterior, a aquella vida antes de conocer a Jesús, dónde salía a pescar y vivía de eso, dónde hacía lo que sabía hacer, y para lo que cree que es útil. El pensamiento de Pedro, sumergido en la culpa y el dolor, decía: “jamás serviría para esto a lo que me llamó Jesús. Mirá nada más lo que hice. Lo negué. Si fui incapaz de dar mi vida por él cuando le prometí que lo haría, mirá si voy a servir para ser apóstol, predicador, líder de la iglesia. Yo voy a pescar, que es lo único que se hacer bien. Es para lo que sirvo”. El diablo es muy acusador. Aprovecha tus errores para minar tu mente de pensamientos condenatorios: · Eres inservible para Dios · Eres un inútil · Mirá si te va a ir bien en el ministerio luego de lo que hiciste · Dios jamás usa pecadores como vos · Dios necesita gente muy espiritual en lugar de un tipo como vos Nuevamente, al igual que en la pesca milagrosa anterior, los discípulos se pasaron toda la noche sin poder pescar nada. Los pensamientos de Pedro podemos imaginarlos: “bueno, ahora parece que hasta para esto tampoco sirvo”. Y nuevamente, en ese momento en que los discípulos se apartan, Jesús los busca. Dios siempre nos busca. Dios siempre toma la iniciativa para acercarse al hombre. Jesús aparece en escena y repite el milagro, vuelven a tener una pesca abundante. Esta vez la actitud de Pedro cambia. En lugar de encerrarse en si mismo y alejarse, se lanza a los brazos del Maestro. Sabía que tenía una cuenta pendiente con él, impagable, por más que sufriera la culpa y el dolor el resto de su vida; era una deuda imposible de restituir. Jesús también sabía que Pedro le debía una disculpa. Le prepara un escenario similar al que había la noche de la traición: una fogata. Pero lejos de recriminarle nada a Pedro, Jesús va al grano del asunto, a lo medular, a lo importante. Jesús jamás le reprocharía algo, sólo le importaba saber si Pedro aun lo amaba. Eso es todo lo necesario: el amor. Si Pedro aun amaba al Maestro, entonces eso era todo lo necesario para que emprendiera la misión dada por él: que fuera pastor de sus ovejas (Juan 21). ¿Por qué Jesús le preguntó si aun lo amaba? En todo caso diríamos que Pedro se odiaba a sí mismo, pero carecía de motivos para no amar a Jesús. El tema es que si no podemos amarnos y perdonarnos a nosotros mismos, tampoco podemos amar a los demás. Juan, el apóstol del amor, en su primera epístola nos habla consejos, y nos pide que tengamos amor, que andemos en luz, y nos dice: Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.
1º Juan 2:1
De nada vale autoflagelarse con la culpa, infrigirse a uno mismo un dolor con fines purgatorios. Dios nos pide que dediquemos nuestra vida a amarle. Él sabe que somos pecadores y que cometeremos errores, por eso tenemos a Jesucristo. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
1º Juan 1:9
Lo importantes es buscar a Dios, porque la acción más típica del ser humano es alejarse de Dios. Le pasó a Adán. Luego de comer del fruto prohibido, cuando vio que Dios estaba presente en el jardín, se escondió. Es Dios quién le busca y le pregunta por qué se esconde. Dios jamás nos busca para condenarnos. Ninguna condenación hay para los que estamos en Cristo Jesús (Romanos 8). Dios nos busca porqué nos ama, y quiere que estemos bien con Él. En caso contrario, en lugar de buscarnos, nos hubiera dejado librados a nuestra suerte. De modo que para concluir, quisiera decirte que nunca bajes la guardia. Jamás creas que estás libre de cometer ningún error. Por más años que lleves de cristiano, o de ministerio, por más elevado espiritualmente que estés (o creas que estás), debes estar atento para evitar caer. Pero si caes, es un error creer que todo está acabado. Si amas a Dios, Él da oportunidades. A Dios no le interesa perderte ni que te pierdas. Dios te ama. En el siguiente link te dejo una canción. https://www.youtube.com/watch?v=7rlFX97nErc Es del poeta, pastor, compositor y músico español Marcos Vidal. Está inspirada en Pedro, su negación y posterior reencuentro con Jesús. Espero que la disfrutes y que el Señor continúe bendiciéndote.
El
año 2016 se ha caracterizado por ser el año de la suba del costo de vida en
Uruguay. Aumentó el boleto de transporte capitalino, las tarifas de luz, agua y
telecomunicaciones, se encareció el crédito mediante el aumento de los encajes
bancarios y recientemente el Ministro de Economía anunció que en la próxima
rendición de cuentas se estiman aumentos en la tributación del Impuesto a la
Renta de las Personas Físicas, entre otros elementos que se piensan para
aliviar las alicaídas cuentas del fisco nacional que están agobiadas por un
déficit preocupante.
A
todo esto debe sumársele que la inflación hace meses que se encuentra por
encima del 10%, lo que se vio agravado por los efectos de los cataclismos
climáticos a los que nuestro país fue sometido. Los desastres ecológicos que
arruinaron buena parte de las cosechas hace que los productores necesiten
recaudar lo mismo que tenían planeado recaudar, pero ahora con menos producto
para ofrecer, lo que hace que el precio de los mismos suba.
Inflación,
más aumento de tarifas, más aumento de impuestos es un cóctel que a nadie le
cae bien. A nadie le gusta (principalmente a los trabajadores que tienen
ingresos fijos) ver cómo su dinero rinde cada vez menos, mes a mes. Tampoco es
agradable que un aumento de impuestos haga que el líquido del recibo de sueldo
del próximo més marque menos que el mes anterior.
Y,
¿por qué esto es así? ¿Por qué a nadie le gusta que el dinero le rinda menos o
tener que pagar más impuestos? Porqué desde siempre el mundo vive bajo una
consigna: “Todo es posible para el que tiene dinero”.
Desde
la escuela, el liceo y la educación superior, nos pasamos probablemente de 20 a
25 años de nuestras vidas en un sistema educativo que nos prepara para dedicarle
nuestra vida al dinero, por qué sin él, nada es posible.
Se
nos cría desde chicos para que estudiemos con el fin de conseguir buenos
trabajos que nos paguen mucho dinero. Para tener una casa dónde vivir
necesitamos dinero. Para tener algún nivel de confort, necesitamos dinero. Para
acceder a la mejor educación para nuestro hijos o para uno mismo, la mejor
salud para nuestra familia y la mejor y más natural alimentación, se necesita
dinero. Y mucho.
Y
el dinero es ingrato, por que uno le dedica la vida a él, las mejores horas del
día por él, y sin embargo él nunca alcanza. Y en un contexto de inflación y
ajuste fiscal, alcanza menos.
Claro,
cuando la enfermedad es terminal, ahí no importa cuánto dinero tenemos
acumulado. Cuando el momento de la muerte nos llega, no importa cuánto dinero
podamos haber acumulado, no podemos hacer que nuestro corazón lata.
Así
nos lo hizo notar Jesús:
la vida
del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.
También
les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había
producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no
tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y
los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a
mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come,
bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu
alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?
Lucas
12:13-20
Jesús
se dedicó a proponernos una nueva consigna: “Todo es posible para el
que cree”.
Jesús
nos venía a enseñar que el poder de la fe es superior al poder del dinero y que
incluso es un poder ilimitado: puede actuar más allá de los límites luego de
los cuales el dinero no ofrece soluciones. Jesús nos enseñó que en lugar de
dedicar nuestra vida a hacer dinero, dedicáramos nuestra vida a Él, y Él no
dejaría que nada nos falte (Mateo 6:33), sino que, por el contrario, nos
prometió abundancia (Juan 10:10).
Toda
la obra de Jesús fue un constante intento de hacernos entender que es mentira
que todo es posible para el que tiene dinero, sino que todo es posible para el
que cree en Él.
En
cierta ocasión (Mateo 14:13-21; Juan 6:1-13), Jesús estaba hablando a una
multitud que había recorrido muchos kilómetros para escuchar a Jesús. Cuando
anochecía, Jesús no quiso que la gente se fuera de regreso a sus casas sin
comer y les planteó a sus discípulos el desafío de darles de comer. Los
discípulos le plantearon a Jesús que ni aun si tuvieran 200 denarios podrían
darle de comer a la gente. Un denario era un jornal de un obrero. Es decir,
Jesús les plantea un desafío y ellos para resolverlo le buscan la lógica desde
el lado de lo que el dinero les puede resolver. La historia es conocida. Jesús
tomó unos pocos panes y peces y usó su poder para multiplicarlos de forma que
se pudieran alimentar todos.
Jesús
quiere que entendamos que no es con dinero o acumulación de dinero que se
logran las cosas, sino con fe en él.
En
este contexto, ¿cómo debería reaccionar un cristiano ante los anuncios de las
últimas horas?
También
eso Jesús lo dejó enseñado.
Cuando
llegaron a Capernaum, vinieron a Pedro los que cobraban las dos dracmas, y le
dijeron: ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas? El dijo: Sí.
Y al
entrar él en casa, Jesús le habló primero, diciendo: ¿Qué te parece, Simón? Los
reyes de la tierra, ¿de quiénes cobran los tributos o los impuestos? ¿De sus
hijos, o de los extraños?
Pedro le
respondió: De los extraños. Jesús le dijo: Luego los hijos están exentos. Sin
embargo, para no ofenderles, ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que
saques, tómalo, y al abrirle la boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo
por mí y por ti.
Mateo
17:24-27
Nota:
las dos dracmas era un impuesto que se cobraba para la manutención del templo.
Un estatero equivale a cuatro dracmas, o sea a dos impuestos.
A
Jesús se le fiscaliza si paga el impuesto al templo y para cumplir con esa
obligación, debemos notar que Jesús no convoca a Judas Iscariote (que era el
tesorero de Jesús) y le solicita dinero para pagar la obligación, que sería lo
que típicamente haríamos cualquiera de nosotros. Es más, es lo que vamos a
hacer nosotros cuando ya nos venga descontado del sueldo un poco más de IRPF.
Estaríamos virtualmente sacando de nuestro dinero para pagar más impuesto.
Jesús
no le pide dinero a su tesorero para hacer frente a esa obligación. Sabemos que
Jesús tenía dinero (Lucas 8:3) y que lo manejaba Judas, que por su lado se
autoliquidaba una “comisión por administración y custodia” (Juan 12:6) – ni que
fuera una AFAP. ¿Porqué no lo hace, si es lo que cualqueira hubiera hecho?
Porque nos quería dejar una enseñanza.
Primero
dice que estaba dispuesto a pagar el impuesto, aunque de pronto no le
correspondía (él era, en definitiva, el Señor del Templo), y lo iba a hacer
para que los demás no se sintieran ofendidos o escandalizados. Y para eso, no
se hacía problema. Ni se fijó si tenía dinero suficiente o no, ni hizo
cálculos. Hizo un milagro y se consiguió el dinero necesario para él y para
Pedro. Dios es creador, así que si uno necesita, nuestro padre que tiene como
oficio el ser creador, lo crea para nosotros.
Nuevamente
Jesús enseñando que no le hacía falta el dinero. Él era portador de un poder
muy superior.
Y
esto nos dice dos cosas.
La
primera: para la iglesia de Jesucristo. Gozamos por norma constitucional de una
exoneración de impuestos que muchas veces se vio atacada desde lo discursivo
por políticos inescrupulosos y llenos de resentimiento contra las religiones
todas. Si algún día se deroga esa norma y tenemos qué pagar impuestos, ¿para
qué escandalizarnos? Lo pagamos y listo. ¿De qué preocuparse? No habrá
necesidad de andar haciendo cuentas a ver si nos alcanzará o no, porque hacer
eso es declarar que actuamos según el permiso que el dios dinero nos otorga.
Llegado el caso, pagaremos los impuestos que hayan de ser pagados y aun así
cumpliremos con nuestras obras y demás obligaciones. Dios es creador. Suplirá,
si creemos en él.
La
segunda: a cada cristiano. ¿Te van a subir los impuestos? ¿Te subieron todos
los costos de tu presupuesto familiar? Tranquilo, calma. No desesperes por el
panorama que te muestran los números. Confía en que Jesús tiene más poder que
cualquier circunstancia. Si crees en él, TODO te será posible.
Es
probable que en la medida en que estamos verificando este escenario de
inflación alta y suba de impuestos, el dinero te deje de rendir. Posiblemente
tenías algún dinero guardado para alguna cosa y vas a tener que empezar a
usarlo para cubrir los gastos del mes. No tengas pena por eso. Dios te dará
todas las cosas si crees en él.
Tenías
guardado dinero para salir de vacaciones con la familia en la próxima licencia.
No tengas pena, si tienes que empezar a usar ese dinero. Dios te regalará las
vacaciones que quieres tener con tu familia y será de manera milagrosa. Algún
ingreso extra vas a tener, un ascenso inesperado, cambiarás de trabajo, o
simplemente te regalarán las vacaciones. O talvez alguna otra alternativa
imposible de imaginar. Lo importante no es saber cómo, sino saber que Dios lo
hará. Cree en él.
¿Tenías
dinero guardado para hacer una reforma impostergable en tu casa, renovar el
auto o el celular, comprarle una Tablet a un hijo tuyo? Dios suplirá todas las
cosas. Confía en él. No dejes que los números cambien tu ánimo.
Paga
el impuesto sin quejarte y de buena gana, porque tu felicidad y tu ánimo no
dependen de cuánto dinero tienes disponible para alcanzar las cosas que deseas,
sino que tu felicidad y ánimo deben provenir del Padre.
En
el proverbio 30 versículos 8 y 9, un tal Agur hace la siguiente oración:
“No me des
pobreza ni riquezas; Manténme del pan necesario; No sea que me sacie, y
te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová? O que siendo pobre, hurte, Y blasfeme el
nombre de mi Dios”
Esta es precisamente la oración que un cristiano NO debe hacer.
Nuestro ánimo, nuestra espiritualidad, nuestra relación con Dios NO puede
depender de nuestras circunstancias económicas. No podemos maldecir a Dios si
estamos en necesidad, así como tampoco nos podemos olvidar de Dios si tenemos
riquezas. Antes bien, tenemos que saber agradecer a Dios en todas las circunstancias,
porque si somos agradecidos a Dios cuanto tenemos escasez, seremos agradecidos
cuanto tengamos lo justo y seremos agradecidos cuanto tengamos mucho. Nuestro
amor por Dios no puede depender de nuestra situación.
Imagínate que en lugar de Dios estuviéramos hablando de tu padre
biológico. Si éste fuera pobre, no dejarías de amar a tu padre, por más pobre
que fuera y por más imposibilidades que haya tenido para darte una mejor vida.
No se te ocurriría maldecir a tu padre por no haberte dado mejor nivel de vida,
si no podía. Es horroroso (aunque los hay) los hijos que desprecian a sus
padres por ser pobres.
Pero por otro lado, si tuvieras un padre biológico rico, no le dirías “deja,
padre, no me compres un auto, mirá que si me olvido de ustedes y no los vengo a
visitar más. Mejor me das la plata para el ómnibus, y dame lo justo y necesario
para moverme en la semana, así el fin de semana me veo obligado a venir a
visitarte para que me des más”.
Si tuvieras un padre rico, éste te daría un auto aun a riesgo de que
te olvides de él, porque un padre que ama y tiene con qué no anda haciendo
pasar necesidades a sus hijos por razones egoístas (porque quiero que me vengan
a ver o que dependan de mi).
De la misma forma Dios te dice: “no te olvides de mí cuando hagas
las riquezas, porque las riquezas las vas a hacer, eso de seguro. Y cuando las
hagas, no te olvides de mí” (Deuteronomio 8:11-18).
Finalizo con esto.
Cuando el dios dinero te dice “todo es posible con dinero”,
Jesús te dice “al que cree, todo es posible” (Marcos 9:23).
Cuando el dios dinero te dice “sin mí, nada podés hacer”, Jesús
te dice “separados
de mí nada podéis hacer”
(Juan 15:5).