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miércoles, 5 de agosto de 2020

El Cristiano y el dinero. Capítulo 1.

¿Corresponde hablar de dinero en la iglesia?
Típicamente se entiende que hablar de dinero en la iglesia es cosa mala. La iglesia, y en general, el ámbito de lo espiritual, se asume como desprendido de las vicisitudes materiales. Hablar de dinero en la iglesia resulta escandaloso, cuando no, ofensivo. 

Sin embargo, es responsabilidad de la iglesia abarcar todos los temas del quehacer humano, puesto que sus miembros merecen saber qué tiene para decir la Biblia acerca de todos los temas: dinero inclusive. 

El apóstol Pablo, mientras se despide de un grupo de cristianos que conformaban la iglesia en Mileto, dice lo siguiente:

Hoy les puedo decir algo de lo que estoy seguro: Dios no me castigará si algunos de ustedes no se salvan, porque nunca vacilé en decirles lo que Dios quería que ustedes hicieran.
Hechos 20:26-27 (PDT)

Pablo no vaciló nunca en comunicarles a sus discípulos todo el consejo de Dios acerca de todos los temas. De hecho, Pablo ofrece importantes aportes doctrinales al asunto de las ofrendas en varias de sus epístolas, destacándose los capítulos 8 y 9 de la segunda epístola a los Corintios. 

Es el derecho de los miembros de una congregación y la responsabilidad de los líderes, hablar todos los temas. Por esa razón, esta serie trata del cristiano y el dinero. 

Una de las razones por las cuales es importante hablar de dinero en la iglesia es porque nuestra relación con el dinero marca la manera en que nos paramos frente a muchas cosas en la vida, y nuestra relación con Dios es una de esas cosas que el dinero puede afectar. Dios lo advierte de esta manera: 

Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos que yo te ordeno hoy; no suceda que comas y te sacies, y edifiques buenas casas en que habites, y tus vacas y tus ovejas se aumenten, y la plata y el oro se te multipliquen, y todo lo que tuvieres se aumente; y se enorgullezca tu corazón, y te olvides de Jehová tu Dios (…) y digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza. 
Sino acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres, como en este día.
Deuteronomio 8:11-14, 17-18

Dios le pide a Israel que, una vez que hubiesen prosperado, no se olviden de él. Nótese el orden: no es que Dios primero se asegure de que no lo van a olvidar para luego hacer prosperar a su pueblo, sino que primero hace prosperar a su pueblo y luego espera que su pueblo no lo olvide. Es la misma manera en la que actuamos nosotros como padres: primero les damos a nuestros hijos una educación y una formación de modo que cuando sean adultos puedan ser prósperos y valerse por sí mismos, luego esperamos que no se olviden de lo que hicimos por ellos y no nos abandonen. 

Por lo tanto, se concluye contundentemente que la riqueza puede conducirte a olvidarte de Dios. Si no sabes manejar el dinero de la manera correcta, tu relación con Dios se puede arruinar. 

De modo que en la siguiente entrega se pasa a tocar concretamente uno de los principios espirituales más poderosos que Dios dejó en su palabra: el diezmo.



lunes, 18 de diciembre de 2017

Adviento 2017 – Semana #3: Abnegación. Reflexión #1

Adviento 2017 – Semana #3: Abnegación. Reflexión #1 

Abnegación: Renuncia voluntaria a los propios deseos, afectos o intereses en beneficio de otras personas.

Se acerca la Navidad y si hay un ejemplo de abnegación admirable es el de María, la madre de Jesus.

Nada más imagínate la vida de María. Era una jovencita comprometida para casarse, virgen, y de buena familia. Sus planes eran esos: casarse y formar su familia, ser una buena esposa para José y una buena madre para sus hijos. De la noche a la mañana todos sus planes se ponen en riesgo.

Un ángel del Señor se le presenta y le anuncia que ella había sido escogida por Dios para llevar en su vientre al Salvador del mundo. “¿Cómo será esto posible si soy virgen? ¿Cómo voy a quedar embarazada?” El ángel le dice que el poder del Altísimo le cubriría y engendraría al niño en su interior.

En ese momento, María podría haber pensado mil cosas y haber calculado los riesgos de tal situación. Decir que había quedado embarazada sin que José la haya tocado aun iba a ser interpretado por el resto del pueblo como que María anduvo con otro, engañando a su futuro marido y teniendo intimidad con un hombre sin estar casada: le esperaba la muerte por lapidación. En concreto, la hubieran apedreado. Se quedaría sin su sueño de ser esposa y madre. Se quedaría sin nada, y además, muerta. ¿ Todo por decir que sí a un loco plan de Dios?

Al decir que sí al ángel, María asumía un montón de riesgos y una incertidumbre enorme. No sabía cómo José iba a reaccionar. Incluso la primera reacción de José fue mala, la quiso repudiar. Imagínate la noche que habrá pasado María luego de que José le dijo que la iba a repudiar. Pero para su fortuna, Dios habló con José y le confirmó el asunto, y éste no la repudió.

María podrían haberle dicho al ángel: “Mirá, yo ya tengo planes y los quiero llevar adelante con tranquilidad, no me compliques, búscate a otra”. “Me arriesgo mucho, no; gracias”. Pero María sabía quién le hablaba. Era el mismísimo mensajero de Dios. María sabía que Dios no haría nunca algo para su mal. En el fondo tenía la plena convicción de que podía entregarse confiadamente a las manos de Dios para que Su plan se cumpliera. María dijo sí. Y Dios cuidó de cada detalle para que ningún sueño de María cayera por la borda. María se casó, fue esposa y madre y sin dudas la mujer más privilegiada de la historia de la humanidad.

 ¿Y tú? ¿Aceptarías el llamado de Dios sin medir las consecuencias? ¿Te entregarías por completo a él?

Dios es abnegación y entrega. Se entregó por completo, no escatimó nada. Ni siquiera a su propio hijo. Para cumplir su plan, necesitó de María, otra abnegada; otro ejemplo de entrega.

Dios busca personas con su mismo carácter. Si en una semana vamos a estar celebrando la navidad, es gracias a que hubo una mujer abnegada, llena de fe y confianza en Dios, que aceptó ser un instrumento en manos del Creador.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Adviento 2017 – Semana #2: Paz. Reflexión #2

Adviento 2017 – Semana #2: Paz. Reflexión #2 

El Regalo de Dios es VIDA ETERNA en Cristo Jesús nuestro Señor. 
Romanos 6:23 
Todo bien y todo regalo perfecto vienen de arriba, del Padre de las luces. 
Santiago 1:17 

Estamos en las semanas previas a la navidad y no parece lógico que hablemos de la muerte de Jesús; eso quedaría para pascuas. Pero resulta imposible: Jesús nació para morir. Ese era su cometido. Dar su vida por un determinado propósito. Por eso quizás los sabios del oriente (los reyes magos) le obsequiaron mirra a María. Ellos obsequiaron oro (presente para un rey) proclamando a Jesús como Rey, obsequiaron incienso (usado para rituales de adoración divina) proclamando a Jesús como Dios, y mirra (sustancia resinosa aromática usada para embalsamar a los muertos) proclamando que este niño que acababa de nacer, iría a morir. Bueno, en definitiva, todos vamos a morir. 

Ya se sabe que todo niño cuando nace, algún día va a morir. ¿Cuál es la necesidad de resaltar ese hecho, que siempre es triste, en un momento tan feliz, como el de un nacimiento? Es que la muerte de Jesús sería algo especial. 

La ley de Dios indica que los padres no pagarán por el pecado de los hijos, ni viceversa, sino que cada uno dará cuenta de sus propios actos. No es que hoy estemos pagando el pecado de Adán, sino que todos somos pecadores y merecemos castigo por nuestras propias malas acciones. 

Sí, es cierto que gracias a Adán nuestra naturaleza es pecaminosa, no parece racional que ante cada acto malo de nosotros, escapemos al son de: “ah bueno, culpa de Adán”. El castigo que merecemos no es el castigo por los actos de Adán, sino por nuestros malos actos. Y como se detalló en la reflexión anterior, en la medida en que cada ser humano tiene la potencialidad de cometer actos atroces, viviremos en un mundo rodeado de maldad. 

La buena noticia es que Jesús nació y se convirtió en PRÍNCIPE DE PAZ. Y lo es porqué sufrió lo peor que la humanidad le puede hacer a una persona. Él venció a la muerte y es quien puede derrotar el mal en nosotros. Gracias a su muerte, Él pagó el castigo que deberíamos pagar nosotros y nos da la posibilidad de acercarnos a Él y entregarle nuestra humanidad para que Él ponga paz en nuestros pensamientos e impulsos. 

Hubo un tiempo cuando el rostro de la humanidad era hermoso y agradable. Pero eso era antes de la maldición, antes que las sombras cayeran sobre Adán. A partir de ese día, hemos sido diferentes. Bestiales. Feos. Despreciables. Cascarrabias. Hacemos las cosas que sabemos que no debemos hacer y después nos preguntamos por qué las hicimos. Momentos después, comienza el remordimiento. 

"¿Por qué habré hecho eso?" 

La Biblia nos lo explica: No hago lo que quiero, sino lo que no quiero, eso hago (Romanos 7:15). La maldad en su máxima expresión se manifestó cuando Jesús fue azotado, torturado y escupido, para luego ser crucificado, sin haber cometido pecado alguno. Los soldados romanos sometieron a Jesús a un tratamiento indigno, infrahumano. Solamente odio salía de cada golpe, de cada insulto, y del escupitajo que le propinaron a un ya medio muerto Jesús. Un inexplicable placer en ver el dolor y la desgracia ajenas. Una ausencia total de empatía. 

No es agradable escribir acerca de estas cosas, pero debemos enfrentar el hecho que hay algo bestial dentro de cada uno de nosotros. Alguien que nos hace hacer cosas que aun a nosotros nos sorprenden. 

"¿Qué hay dentro de mí?" 

Para esa pregunta, la Biblia tiene una respuesta de seis letras: P-E-C-A-D-O. Hay algo malo -bestial- dentro de cada uno de nosotros. El pecado. No es que no podamos hacer lo bueno. Lo hacemos. Lo que pasa es que no podemos dejar de hacer lo malo. Nuestras obras son feas. Nuestros actos, rudos. No hacemos lo que queremos, no nos gusta lo que hacemos y, lo que es peor (si hay algo aun peor), no podemos cambiar. Tratamos de hacerlo, sí. Pero: 

¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal? 
Jeremías 13:23 

Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden. 
Romanos 8:7 

Para confirmar la eficacia de esta afirmación, se propone el siguiente reto: durante las siguientes 24 horas debes intentar vivir una vida sin pecado. ¿No puedes? ¿Una hora? ¿Cinco minutos? Esto significa que tenemos un problema. Somos pecadores. Y esto es lo que nos merecemos por ser pecadores: 

La paga del pecado es muerte (Romanos 6:23) 
Sin santidad nadie verá al Señor (Hebreos 12:14) 
La ganancia del impío es castigo (Proverbios 10:16) 

Jesucristo llevó toda esa maldad a la cruz. Cargó sobre sus hombros toda la maldad de la humanidad representada en los actos atroces de los que fue víctima. Y al cargar toda la maldad del hombre y llevarla a la cruz, literalmente mató la maldad. Venció al mal. Lo clavó en la cruz junto con Él. 

Isaías 50:6: no escondí mi rostro de injurias y de escupitajos. 

Esto significa, concretamente, que cada día podemos acercarnos en oración a Jesús y pedirle que tome nuestra humanidad y la crucifique junto con él. De esta manera, nuestros impulsos quedan sometidos voluntariamente al señorío de Cristo y podremos desarrollar un carácter pacífico. 

Si tan solamente todas las personas sometieran sus impulsos al dominio de Cristo, tendríamos cada vez menos actos de maldad, y tendríamos un mundo de paz. 

Jesús es el Príncipe de Paz, quien sufrió en sí mismo el castigo que era para nosotros y quien tiene todo el poder de intervenir nuestro carácter, para que tengamos un mundo más pacífico. 

Romanos 6:23. Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro. 

 En cada oportunidad de recordar el nacimiento de Jesús, recordemos que su nacimiento también es el comienzo de una nueva oportunidad para la paz.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Quiero ser imitador de Jesús

Sermón predicado en Tiempo de la Gloria de Dios
el miércoles 18 de octubre de 2017.


"Entre el dolor y la nada, prefiero el dolor". 
William Faulkner


Para los cristianos, Jesús debe ser nuestro ejemplo y debemos anhelar ser iguales a él, lo cual resulta lógico si tomamos en cuenta que el vocablo “cristiano” significa seguidor de Jesús. Para ser seguidor de alguien uno debe tomar a ese alguien como ejemplo.
Jesús es más que un líder al que uno quisiera imitar, dado que los líderes que la humanidad ha tenido siempre han sido personas que han mostrado muchos atributos dignos de admiración, pero también cosas no tan admirables pero que son inevitables dada su condición humana.
En Jesucristo encontramos la perfección: la persona a la cuál imitar en todo. La Biblia nos dice que en Jesús habita la plenitud.

Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, 
Colosenses 2:9 (RVR1960) 

Jesús mismo nos dijo:

Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. 
Juan 13:15 (RVR1960) 

Y finalmente, el apóstol Pablo declara:

Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo. 
1 Corintios 11:1 (RVR1960) 

A continuación se presentan cinco aspectos a tener en cuenta en toda persona que anhele ser imitador de Jesús, es decir, que quiera ser como él.

Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó. Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia. 
Mateo 3:13-17 

1.- Humildad. 

Jesús, siendo que no tenía pecado del cual arrepentirse, se dejó bautizar humildemente, como siendo uno más. Aun cuando Jesús sabía quién era, no andaba reluciendo su condición frente a los demás. No hacía alarde de sus méritos.
Son todos ejemplos de lo contrario a la humildad.

  • Personas que al concurrir a la iglesia pretenden que sólo el pastor oren por ellas, sino como que la oración no vale. 
  • O que dicen: “que mal, el pastor no oró por mí, y mandó a fulanito a que me ore”
  • Personas que teniendo una larga trayectoria como cristianos no aceptan solicitudes de servicio en tareas aparentemente de menor jerarquía (como portería, limpieza, etc). 
  • Gente solamente dispuesta a servir en lo que ellos quieren y en lo que a ellos les gusta. 

Jesús pudo hacerse atar los cordones de sus zapatos por Juan, pero en su lugar, decidió ser bautizado por Juan

2.- Sometimiento al orden divino. 

El orden divino indicaba que Juan era el Bautista, es decir, el que bautizaba. Todos los demás se bautizaban. Jesús no da inicio a su ministerio sino hasta bautizarse. El ministerio de Juan era bautizar, y para que ese ministerio tuviese reconocimiento público, hasta el mismo Mesías se hizo bautizar por Juan. Por eso dice: conviene que cumplamos toda justicia. Es decir, las cosas se deben hacer como se deben hacer. En su orden. En el orden que Dios dispuso. Por eso otra versión dice: “Así debe hacerse, porque tenemos que cumplir con todo lo que Dios exige” (NTV).

3.- Obediencia. 

Jesús no se dejó llevar ni por las emociones ni por las razones de Juan. Cuando se trata de ser obedientes al Señor, no nos dejamos llevar por las emociones ni las razones de los demás. Jesús habría de ser bautizado y así sería hecho.

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. 
Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre. Y vino a él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. El respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. 
Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, y, En sus manos te sostendrán, Para que no tropieces con tu pie en piedra. Jesús le dijo: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios. 
Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares. Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás. 
 El diablo entonces le dejó; y he aquí vinieron ángeles y le servían. 
Mateo 4:1-11 

Noten una curiosidad. Jesús no reprende ni echa fuera al diablo en ese momento de la tentación, sino que lo vence con la obediencia.

  • El diablo lo tienta con cortar el ayuno, pero Él obedece.
  • El diablo lo tienta a Jesús para que cometa una acción temeraria e irresponsable a ver si Dios lo iba a venir a ayudar (tentar a Dios, o poner a prueba a Dios) pero Jesús obedece: no pone a prueba a Dios.
  • El diablo lo tienta a Jesús pidiéndole que lo adore, pero Jesús obedece: solo adora a Dios. No importa lo que el otro ofrezca (aquí aclaro que el diablo no es dueño de nada).

Jesús venció al diablo con obediencia. Pero la obediencia no es gratis. Nos impone un precio a pagar. El dolor es, en muchos casos, el precio de obedecer. Hablando de Jesús, el autor de la epístola a los hebreos dice:

Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; 
Hebreos 5:8 

Es decir: Jesús aprendió lo que cuesta obedecer. Obedecer no es gratis. Cuesta. Fijémonos nada más que por obediencia Jesús no cortó el ayuno. No la pasó bien Jesús mientras fue tentado, pero resistió el dolor, lo enfrentó, no quiso escapar de él.

4.- Servicio 

Yendo ellos, uno le dijo en el camino: Señor, te seguiré adondequiera que vayas (El Evangelio de Mateo nos dice que este hombre era escriba). Y le dijo Jesús: Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza. Y dijo a otro: Sígueme. Él le dijo: Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre. Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios. Entonces también dijo otro: Te seguiré, Señor; pero déjame que me despida primero de los que están en mi casa. Y Jesús le dijo: Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios. 
Lucas 9:57 – 62 

Este pasaje nos muestra personas que se embalan y se ofrecen a servir al Señor. Resulta llamativo que Jesús, el mismo que dijo “al que a mi viene no le echo fuera”, ponga freno al ímpetu con el que estos tres personajes vienen a ofrecerse. Y si lo hizo, es porque algo nos quiso enseñar. Un criterio nos quiso dejar.
   4.1.- Cristo debe ser el centro. No puede haber algo que esté primero antes que Cristo en nuestras vidas, sino que nuestras vidas deben ser organizadas con Cristo en el centro. No puede ser que haya siempre algo en nuestras vidas que esté antes que Cristo. Si no es un velorio, son parientes que vinieron de visita a casa, etc., etc., etc.
   4.2.- Servir implica asumir riesgos. Si no estás dispuesto a arriesgarte, no podés servir. Eso es lo que dice al decir: “Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza”. Dejar todo para servir a Jesús implica confianza plena y absoluta en su provisión, y no en seguridades materiales.
   4.3.- Acomoda tu vida para poder servir. Muchas veces nuestras vidas nos ofrecen un contexto poco favorable para el servicio. No era ilegítimo querer darle digna sepultura a un padre, o atender a las personas que vienen a casa. Lo que Jesús está diciendo es que muchas veces nuestra situación personal, familiar, laboral, etc., no nos permite entregarnos por enteros al servicio. Cuando Jesús dice “Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios”, no solamente está diciendo que no somos aptos para el Reino si vamos a estar anhelando nuestra vida anterior, nuestro viejo hombre, nuestras anteriores costumbres y vicios. También nos está diciendo que si vamos a tomar el arado y vamos a estar constantemente mirando para atrás, hacia dónde está nuestra casa, porque tenemos que estar pendientes de asuntos personales que aun no tenemos resueltos que nos van a robar atención, dedicación, que nos van a distraer, no estamos aptos aun.
Tenemos que tener sabiduría. Si vamos a servir al Señor tenemos que ofrecernos a servir en aquellas tareas que sabemos que vamos a poder dedicarle nuestro mejor esfuerzo. Si aceptamos un montón de tareas y las terminamos atendiendo a todas “a medias”, no estaría sirviendo. 
Pero esto no es excusa para no servir nunca. No es válido dejar nuestras situaciones personales incambiadas y tenerlas como excusa para no servir, sino que el mensaje que Jesús nos dice es “arregla tu vida personal primero, si quieres servirme”. Pero, ¡hazlo! No hace falta aclarar esto si es que el lector es una persona con amor por Dios y, por ende, deseos fervientes de servirle, pero nunca está de más.

5.- Amar como él ama. 

Cuando supimos que Julieta venía en camino, comenzamos a trabajar en el dormitorio que la recibiría. Mi tío pintó un mural en la pared. Luego, junto con el “Tata”, lo enmarcamos en madera y le pusimos unas luces tenues que alumbraran desde arriba. Pusimos un par de repisas para los peluches y restauramos una vieja cómoda.
Estaba todo listo. Nos detuvimos a observar la obra de nuestras manos, la que hicimos para esperar a nuestra hija, cómo diciéndole: “está todo pronto, Julieta. Te estamos esperando. Vení cuando quieras. Todo esto hicimos para esperarte, porque te amamos”.
De la misma manera, Dios hizo los cielos y la tierra, formó el paraíso, y luego puso al hombre. Nos demuestra su amor con la creación, con la naturaleza que nos rodea, toda obra de Dios para nosotros.
Dios no solo hizo primero todo el entorno dónde pondría al hombre como una muestra de su amor, sino que Dios hizo al hombre aun sabiendo lo que le iba a costar. Dios sabía que era una posibilidad cierta que el hombre eligiera el pecado y para eso, aun antes de crear al hombre, Dios diseñó el camino de regreso a Él (el sacrificio de Cristo).

por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios,
Romanos 3:23

Si el hombre pecaba, quedaba definitivamente alejado de Dios. Pero Dios no hizo al hombre para perderlo. De alguna manera necesitaba establecer un camino de regreso para recuperar al hombre.
Por lo tanto, Dios hizo al hombre aun sabiendo que esa creación le costaría la vida a su hijo Jesucristo.

Piensa. ¿Serías capaz de hacer algo que de antemano sabes que le va a costar la vida de tu hijo?

Esa es la dimensión del amor de Dios para nosotros.


Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.
1º Juan 4:19

Definitivamente, Dios nos amó primero, antes de crearnos. Tanto nos amó que no solo nos hizo un mundo precioso para vivir, sino que previó la posibilidad de que nos apartáramos de él y estableció el camino de regreso.

Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.
Romanos 5:7-8

Y esta reflexión nos da pie a introducir el aspecto más sensible de este punto. El amor implica, necesaria e ineludiblemente, dolor.
El amor que Dios nos tenía, aun antes de hacernos, no pudo desligarse del dolor de tener que entregar a su Hijo.
Ocurre que el ser humano juega una carrera contra el dolor y contra el sufrimiento. Como consecuencia, nos cerramos al amor.
El amor implica dolor. Y necesitamos saber manejar el dolor. Un hijo, si no se comporta adecuadamente, nos puede generar dolor. No tener hijos nos evitaría ese dolor. Pero, ¿a qué precio nos evitamos ese dolor? Al precio de renunciar a la dicha de ser padres.
Una relación de pareja que termina mal nos generará dolor. Para evitar ese dolor, podríamos nunca más intentar una nueva relación de pareja. Pero, ¿a qué precio nos evitamos ese dolor? Al precio de renunciar al amor.
Si corremos en la vida huyendo del dolor al final terminaremos eliminando al amor.
Prefiero amar como Él amó sabiendo que eso trae una inevitable dosis de dolor, que vivir una vida vacía por evitar el dolor.

Porque a ustedes se les ha concedido no sólo creer en Cristo, sino también sufrir por él. 
Filipenses 1:29

Cuánto más me cierro en mí mismo para evitar el dolor, más me alejo de Dios y de la gente.

El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.
1º Juan 4:8

Tenemos que aprender a manejar el dolor.

Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, 3 sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia.
Santiago 1:2-3.

Y no sólo en esto, sino también en nuestros sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza.
Romanos 5:3-4

Dios nos ha enviado EL CONSOLADOR.

Alabado sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda consolación, quien nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que con el mismo consuelo que de Dios hemos recibido, también nosotros podamos consolar a todos los que sufren.
2 Corintios 1:3-4

¿Qué es el dolor? El precio que se paga por el amor. Sólo cuando amamos como él amó, manifestamos su gloria en nuestras vidas. ¿Quieres manifestar Su gloria? Pues, hay un precio que pagar para eso.

De hecho, considero que en nada se comparan los sufrimientos actuales con la gloria que habrá de revelarse en nosotros.
Romanos 8:18

Y después de que ustedes hayan sufrido un poco de tiempo, Dios mismo, el Dios de toda gracia que los llamó a su gloria eterna en Cristo, los restaurará y los hará fuertes, firmes y estables.
1 Pedro 5:10

Ignorando los problemas no los resolvemos. El dolor es parte de la vida y lo es más, tanto más amemos. Querer huir del dolor no es el camino, sino saber enfrentarlo y manejarlo.

Cualquier asunto de orden cultural, intelectual, político o social, cualquier inquietud filosófica, espiritual, o simplemente humana, nos genera malestar (en el caso mínimo) o dolor. La crudeza de la vida, la aspereza de la realidad nos puede conducir a sufrir cuando somos conscientes de la situación que atraviesan nuestros hermanos en todo el mundo. En el intento por huir al dolor, nuestra sociedad moderna ha sustituido las preocupaciones anteriormente listadas por productos de consumo masivo, y sea objetos, o entretenimiento. Las redes sociales son ese micromundo virtual al que nosotros le damos forma: elegimos a quienes tener de amigos en ese mundo. Si llegamos a tener de amigos a alguien que publica frecuentemente cosas respecto del sufrimiento humano en alguna parte del mundo, como pueden ser fotos de niños desnutridos en el África o la India, lo borramos. Lo bloqueamos, porque no queremos ver esas cosas que nos hacen mal.
Hemos descubierto que si nos volcamos al mundo del entretenimiento y de las redes sociales, nos evitamos mucho dolor y a su vez, nos entretenemos. ¿A qué precio? Al precio de perder la consciencia del otro.
Lo dijo Jesús:

y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará.
Mateo 24:12 (RVR1960)

Se vacía tanto de contenido la realidad, que las cosas dramáticas que nos ocurren dejamos de percibirlas como tales. Hoy día vemos un noticiero como si viéramos una película de acción. Parece increíble, pero los noticieros se han vuelto otro elemento más en la grilla del entretenimiento. Nos resulta divertido ver como unos delincuentes entran a un restaurant o a un banco, cubiertos sus rostros, y efectúan un asalto cinematográfico.
En nuestro ánimo de escapar al dolor, nuestra sociedad ha puesto en primer lugar de la tabla de valores al entretenimiento. Divertirnos y distraernos, escapar del aburrimiento, aislarnos de los problemas de los demás. No estoy queriendo decir que la vida debería ser 100% dolor por la situación de los demás, no estamos hablando de ir a un extremo. Sólo un fanático podría querer que no nos diéramos momentos de solaz, esparcimiento, diversión, más cuando la mayoría de nosotros vivimos esclavizados por rutinas. Pero convertir esa preferencia natural a pasarla bien en un valor supremo tiene consecuencias muy negativas: banalización, frivolidad, trivialidad, etc.

Muchas son las angustias del justo, pero el Señor lo librará de todas ellas.
Salmos 34:19

Una de las razones por las que el amor duele es porque el amor no necesariamente es recíproco. La amistad no es recíproca. Dios nos amó antes de crearnos, o sea, no esperó a ver si nosotros lo amábamos. Amamos a Dios porque él nos amó primero (1º Juan 4:19).

Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida.
Proverbios 4:23 (RVR1960)

Guardar nuestro corazón, es decir, cuidar nuestras emociones no significa cerrar mi corazón al amor. No significa hacer todo lo posible para no sufrir. Vaciar nuestra vida para evitar el dolor no cuida nuestro corazón, sino que lo apaga. Guardar nuestro corazón significa saber como manejar el dolor. Es pedirle a Dios que nos ayude a manejar el dolor. Podemos hacer dos cosas con el dolor: o se lo entregamos a Él y pedimos que nos ayude, o hacemos crecer el dolor hasta que se convierta en una oscura amargura que nos envuelve.

Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados 
Hebreos 12:15. 


El mismo Jesús nos dejó ejemplo de cómo manejar el dolor cuando lo enfrentó en Gestemaní. Jesús dice "mi alma está muy triste, hasta la muerte" (Mateo 26:38). Más adelante, enfrenta el dolor orando al Padre, diciéndole: "Padre mio, si es posible, pasa de mi esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tu" (Mateo 26:39). Jesús no tomó su decisión en base a sus emociones, sino que entregó todo su dolor al Padre. Podría haber querido evitar el dolor y abandonar todo. De hecho, dijo más adelante: "¿acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y él me daría más de doce legiones de ángeles?" (Mateo 26:53) aclarando que si quisiera escapar de la tortura que le esperaba, era tan fácil como pedir el auxilio del Padre y ya. Sin embargo, Jesús había entregado su dolor al Padre. Mientras oraba en Gestemaní estaba desesperado: una y otra vez iba y volvía para ver si sus discípulos estaban apoyándolo en oración, y cuando veía que estaban durmiendo, los despertaba y les rogaba que no se durmieran; así tres veces, hasta que la última vez ya no les recriminó que estaban durmiendo, sino que les dice "Dormid ya, y descansad" (Mateo 26:45), como diciendo, "ya está. Entregué mi dolor al Padre y puedo seguir"

Pero no resultó fácil para Jesús enfrentar ese dolor y entregárselo al Padre. Las Escrituras nos dicen que "estando en agonía, oraba más intensamente" (Lucas 22:44). Lo más emocionante de esta historia es que cuando Jesús está postrado, entregando su situación al Padre, éste le envía un ángel del cielo que apareció para fortalecer a Jesús (Lucas 22:43).

Hay un detalle en el relato de la pasión y muerte de Jesús que pasa desapercibido pero que es elocuente. Antes de que se iniciara la crucifixión, esto es, antes de clavar el primer clavo, le ofrecieron a Jesús vino mezclado con hiel, pero él lo rechazó. ¿Qué era el vino mezclado con hiel? Era una bebida que tenía efectos analgésicos. Se le ofrecía para embotar los sentidos, o para tratar de que el crucificado sufriera menos mediante hacer que el individuo no sea muy consciente de lo que iba a pasar.
Esto nos está diciendo que Jesús no quiso perder sus sentidos ni la noción de la realidad en un momento tan importante. Y tampoco esquivó el dolor. No lo quiso enmascarar ni paliar. 

Resumen: 
En mi deseo de parecerme a Jesús he de aprender humildad, he de someterme al orden divino, aprenderé a obedecer, a servirlo, pero por sobre todas las cosas, a amar como él amó. Ser consciente de que amar como él amó implica inevitablemente también alguna dosis de dolor. Por tanto, debo pedir a Dios que me ayude a manejar el dolor, teniendo en cuenta que el dolor es el precio que debo pagar para manifestarla gloria de Dios a través de mi vida. 
 Entonces, desde el momento en que comprendo qué significa cabalmente “ser como Jesús”, recién ahí comienza a tener sentido y efecto mi oración, cuando digo: “Señor, quiero ser como tu”.